Los huevos del subcampeón
Creo que esto pasó en el 2013. Nos habíamos anotado en un torneo amateur en un club de caballito que jugaba los partidos cada tres semanas. Ninguno de nosotros era profesional, pero jugábamos decentemente y sobre todo con muchas ganas. Habíamos armado ese equipo unos meses antes, con la mera intención de divertirnos entre nosotros. En realidad nos habíamos conocido en diversas juntadas pajeras a lo largo de uno o dos años, nosotros éramos “los raros” que en el medio de la paja se ponían a hablar de fútbol, e incluso a veces mientras todo el resto del grupo estaba mirando porno, algunos sacaba el celular y veíamos algún video de alguna jugada excepcional.
La idea de combinar fútbol y paja al principio solamente implicaba que nos juntábamos en la casa de alguno, mayormente la mía, para ver algún partido de fútbol importante y después sí, clavarnos una paja en grupo. Al principio éramos 4, y un tiempo después, casi por casualidad en una juntada, apareció el quinto. Nosotros estábamos cerca de los 30 años, pero Quique tenía casi 50. Para ninguno de nosotros la diferencia de edad era un problema y a la primera juntada que pudimos, lo invitamos.
Como éramos cinco enseguida surgió la idea de armar el equipo, en principio para ir a jugar un fin de semana algún partido por ahí, a todos nos gustó mucho la idea, sobre todo a Quique qué capaz por su edad hacía rato que no tenía planes de jugar partidos con sus amigos.
Ese primer partido hicimos puestos rotativos para conocernos un poco y algo quedó clarísimo muy claro desde el principio, Quique era un arquero excepcional, mucho mejor en ese puesto que el resto de nosotros en nuestro mejor momento. Al final del partido nos clavamos una linda paja y birra en una mano y las chotas en la otra conversamos al respecto y él dijo que gustoso sería el arquero de nuestro equipo si nos comprometíamos a jugar seguido, y así en esa charla fue que uno sugirió anotarlos en el campeonato y nos mandamos.
La consigna estaba buena porque además de permitirnos jugar como equipo, nos daba una excusa con nuestras familias para desaparecer cuatro o cinco horas cada tres sábados y así poder estar tranquilos clavándonos una paja. Por razones obvias no voy a decir el nombre del equipo, pero disimuladamente hacía alusión a nuestro vicio, la paja. No hace falta decir a esta altura que salíamos a la cancha marcando bulto, que los goles se festejaban apoyándonos chota contra chota y que las pajas después de partido eran tremendas. Fuimos avanzando en el torneo, hasta llegar a la semifinal. Y si bien el torneo no lo ganamos, la épica de la semifinal todavía la recuerdo, y el festejo que le siguió no me lo saco más de la cabeza.
El partido fue duro, no podíamos sacarle al otro equipo más de un gol de diferencia, se acercaba el final y no podíamos dejarlos atrás en el marcador. Hicimos un mini parate y nos juntamos como equipo con nuestra rutina que, un poco por atrevidos y otro poco para darnos el empuje moral, consistía en juntarnos en ronda y mientras charlábamos sobre cómo jugar nos rascábamos los bultos, todos lo hacíamos turnándonos y todos mirábamos el bulto del compañero, y era casi tan morboso como el partido en sí. Armamos una estrategia de defensa y ataque y Quique se plantó y dijo que iba a cerrar el arco. Y así fue. Los últimos 6 minutos del partido, logramos sacar cuatro puntos de diferencia y Quique frenó todas las pelotas que le llegaron. El festejo por supuesto fue con abrazos en donde los bultos se chocaban frotaban y creo que todos llegamos al vestuario muy gomosos y con los pitos desacomodados adentro del slip, marcando fuerte adentro de los shorts. El vestuario era compartido, así que el festejo real tuvo que esperar hasta que llegamos a la casa de del anfitrión. Habíamos llegado a la final, no lo podíamos creer… La excitación era palpable en el aire, y observable en nuestro shorts. Nuestro ritual implicaba que elegíamos entre todos al jugador de la jornada, y fue unánime que el arquero cincuentón tenía que llevarse el premio, y alrededor de eso se armó la paja de esa tarde.
Como hacíamos siempre, no nos bañamos en el vestuario. Nos secamos un poco la transpiración, meamos y festejamos, pero no fuimos del club con el partido encima, como se suele decir. El bulo no quedaba muy lejos así que llegamos rápido, lo cual fue bueno porque siempre después de un partido estábamos todos muy calientes y la paja no podía esperar demasiado. Abrimos las primeras 2 botellas de cerveza, llenamos los chops y brindamos. Ya estábamos solos, así que esta vez los abrazos fueron como realmente queríamos. Íbamos juntando los cuerpos y sentíamos fuerte el bulto de los compañeros apoyándose por todos lados. Yo ya me estaba empalmando y noté que no era el único. Las pijas gomosas se empezaban a desacomodar en los slip y cada vez se marcaban más debajo de los pantaloncitos de fútbol. “Fondo blanco!” le gritó el anfitrión a Quique y nuestro arquero levantó el chop y empezó a tomar, yo ahí estiré el brazoy le agarré el bulto que ya estaba crecido y se sentía genial en mi mano. Quique terminó su vaso, y al mismo tiempo que eructaba agarró mi mano y me la empezó a frotar sobre su bulto, que no paraba de crecer. “Paren, no se zarpen todavía” dijo uno y tenía razón porque los encuentros post partido tenían cierto ritual. Aunque yo tenía muchas ganas de seguir sosteniendo el bulto de Quique mientras le miraba su cara de pajero, lo solté porque también quería respetar el ritual del equipo de fútbol pajero que habíamos armado. Nos distanciamos un poco y tomamos cerveza mientras charlamos del partido y los pitos se iban calmando, hasta que finalmente Quique nos avisó que ya estaba para arrancar y empezamos.
Los festejos arrancaban con el jugador del partido meando mientras el compañero que él elegía le sostenía el pito. No sé si porque tenía ganas o porque veníamos justo de la manoseada anterior, pero Quique me eligió a mí. Fuimos al baño, se puso delante del inodoro y levantó las dos manos hasta la nuca, dejándome a mí la tarea completa. Los otros tres pajeros ya habían entrado al baño cuando yo le empecé a bajar el short. Para sorpresa de nadie, el slip ya tenía un buen manchón de precum así que aproveché cuando metí mano para sacar el pito y rocé todo ese líquido viscoso pegado contra la tela. La pija de Quique medía 19 cm cuando estaba parada, pero flácida era normal. Él era el único circuncidado del equipo así que cuando la agarré en mi mano pudo ver el tronco con las venas marcadas y la cabeza gruesa en todo su esplendor. Me puse de costado con mi bulto apoyado contra su pierna y apunté su pito hacia el inodoro. Sin previo aviso, el tronco se tensó y empezó a salir el meo. Quique tiró la cabeza para atrás y largó esa exclamación de placer que creo que todos los hombres conocemos, típica de cuando tenés muchas ganas de hacer pis y finalmente lo largás. El chorro empezó de a poco a menguar y al mismo tiempo el grosor del pito del arquero se fue incrementando en mi mano, lo cual obviamente disparó una reacción en mi propio pito que ya dejó de estar gomoso y estaba casi full erecto. Las últimas gotas cayeron de la punta de la cabeza de Quique y como movimientos hacia adelante y hacia atrás terminé de sacudirlas, y con eso también se terminó de poner dura esa poronga gorda y cabezona.Los demás nos turnamos para intentar mear lo cual siempre nos causa mucha gracia por lo dificultoso de mear con la pija dura, qué lejos de bajarse se tensan más por las risas y la complicidad. Finalmente todos nos volvimos a subir el short y el slip y volvimos al comedor, para arrancar la paja propiamente dicha.
Yo me acerqué a la mesa para agarrar mi vaso de cerveza y sin mediar palabra el anfitrión se acercó a mí y me agarró el abultado short, alrededor nuestro las manos también se estaban cruzando pero yo tenía la atención puesta por completo en el amasado que estaba recibiendo mi poronga, mientras yo seguía tomando de la cerveza. Al lado nuestro los otros tres ya están metiendo mano por debajo del Short y yo sentí muchas ganas de hacer lo mismo, así que dejé el vaso de cerveza y estiré mi mano, debajo del short mi compañero tenía el slip absolutamente mojado, una mezcla de precum y el resto de la orina que no pudo sacar bien por mear con la pija. Él empezó a jadear y a aumentar la presión sobre mi bulto, a lo cual respondo empezando un lento bombeo contra su mano. Mientras tanto a unos metros nuestro el arquero y los otros dos compás ya estaban en slip abrazados en un hermoso frot de a 3.Con mi compa nos quedamos un rato mirando sin dejar de tocarnos y cuando abrieron el círculo nos acercamos. Todos los slips estaban ya explotados, los pitos duros adentro se abultaban, las cabezas asomaban por el costado o por arriba y pedían cancha para ser liberadas y pajeadas como corresponde. Quique empieza bajarse el calzón y enseguida las manos de sus compañeros se dirigen a su pito duro y cabezón y a sus huevos, el par de huevos más grande del equipo. Quique abre un poco las piernas para que las manos puedan recorrer su chota y sus pelotas con comodidad, mientras tanto yo y el anfitrión nos pusimos cada uno detrás de los otros compañeros y despacio les bajamos el slip liberando las pijas que ya estaban más que duras y húmedas. Al anfitrión le tocó la pija más larga del grupo, y a mí me tocó una más normal pero que le pertenecía al mejor jugador del equipo, así que valía doble. Mientras la chota en mi mano se movía y me llenaba los dedos de precum, el arquero se retorcía motivado por las manos de los compañeros que alternadamente se las escupían para pajearlo mejor. En un momento relajan y girando buscan el slip mío y el del anfitrión que eran los últimos que quedaban puestos y muy suavemente sin dejar de tocarnos en ningún momento nos lo bajan, dejando nuestros pitos duros y chorreante al aire libre
Ya todos desnudos y calientes, nos tomamos una pausa para bajar la intensidad y nos sentamos en el sillón con una cerveza en la mano y una porno en la tele. Aunque tratábamos de calmarnos, cada tanto en el medio de la charla y mientras rememorábamos el partido, un poco nos tocábamos cada uno en su pija. La emoción de haber llegado a la final, de haber hecho un partido tan bueno se sumaba al morbo de estar con los compañeros del equipo pajeándonos una vez más. Como suele pasar, en un momento y sin decirnos nada todos sentimos la necesidad de retomar donde habíamos dejado. Con Quique sentado al lado le puse mi mano sobre la pierna y empecé acariciar yendo cada vez más adentro, mientras el arquero abría bien las gambas, y así yo podía ir subiendo cada vez más hasta finalmente pude llegar a sus huevos. Tener esas dos bolas cargadas de leche en las manos es una sensación difícil de explicar, los huevos del arquero que había dado todo para que ganemos el partido estaban en mis manos, se sentían calientes y duros y con cada caricia mía más se abrían las piernas para que yo pueda llegar a tocarlos mejor. El compañero del otro lado tenía una mano en su pija y tiró la otra para agarrar la pija de Quique, esa chota cabezona y experimentada que no paraba de tirar precum. Mientras tanto los otros dos compañeros se pararon adelante nuestro y pusieron sus pijas a disposición del arquero, que con la misma dedicación con la que frenaba las pelotas frente al arco, agarró los dos postes y los empezó a pajear. Los dos jadeaban abrazados el uno al otro mientras las manos expertas les recorrían los pitos de arriba abajo. Uno de los dos estiró sus manos hacia la tetilla del compañero y se la empezó a masajear entre los dedos lentamente lo cual claramente lo llenó de placer, haciéndolo apoyar su cabeza en el hombro del compañero, mientras esté con la otra mano sin dejar de estimularlo la tetilla le acariciaba la nuca.
Cuál es mi premio preguntó Quique y el anfitrión le respondió que lo podía elegir él. Quique decidió que quería que uno por uno nos turnásemos para frotarnos las pijas con él. Sin hacerse esperar, señaló al anfitrión y le dijo que se recostara en el sillón y Quique se acostó arriba. El tipo arrancó lento el movimiento, era más un movimiento de arriba y abajo del cuerpo del compañero que un bombeo en sí. Los otros tres mirábamos desde el costado con las pijas en la mano tratando de contenernos un poco de tanta calentura. El anfitrión acostado bajo tenía la cara deformada por el placer, y mientras tanto Quique desde arriba iba aumentando la velocidad mientras su culo subía y bajaba y las chotas se apretaban la una contra la otra. Estuvieron un buen rato así hasta qué Quique frenó abruptamente el movimiento, respiró hondo y dejó el cuerpo caer arriba del compañero que lo abrazó. Se quedaron unos segundos así y Quique se incorporó dejándonos ver los pelos del anfitrión todos pegoteados por el líquido preseminal de ambos.
“Ahora vos” dice el arquero señalando al pijón del equipo y agarrándolo de la chota lo lleva contra la pared. Quique se paró adelante y escupiéndose la mano agarró las dos chotas al mismo tiempo. En esa posición podíamos ver bien toda la acción y el asunto se ponía cada vez más caliente. Por la diferencia de altura, el compañero pijón estiraba las piernas lo más posible para que los pitos quedasen empatados, lo cual era algo muy loco de ver, porque aún con la pija del compañero sacándole 4 centímetros de largo, la cabeza del pito del cincuentón era más grande!. “Vení, tirá saliva” me dijo el arquero y yo obedecí. Me puse al lado de ellos tomé un sorbo de mi Cerveza y con la boca bien húmeda preparé saliva en mi mano y se las pasé por las cabezas, al mismo tiempo que Quique empezó a apurar el ritmo. No pasó ni medio minuto que el pendejo le tuvo que pedir que pare porque sino iba a acabar
Por fin me tocó a mí, Quique se sentó en el apoyabrazos del sillón y me hizo acercarme y sentarme sobre sus muslos, pija contra pija y me dió la orden “Ahora pajeame vos”. Me escupí la mano y la bajé hasta los dos palos bien duros y lubricados y comencé un lento movimiento alrededor de las cabezas y los troncos, donde la saliva se iba mezclando con el precum que a esta altura ya a Quique le salía en muy buena cantidad. Él se recostó apenas para atrás y agarrándome de la cadera me apretó más contra él, y a los movimientos de mi mano les sumó los de su propia cadera mientras agarrándome de la nuca me hacía apoyar la cabeza en su hombro. Yo podía sentir el calor de su aliento en mi cuello cada vez más rápido y profundo a medida que el placer aumentaba, a nuestro alrededor no podía ver lo que estaba pasando pero si podía escuchar el ruido de las tres porongas de los compás del equipo cascándose. Realmente se hacía muy difícil seguir aguantando así que le avisé que tenía que frenar un poco para que no me fuese en seco.
Yo me incorporé agitado y tratando de ni tocarme para no acabar y el tipo como si nada, dándonos una lección sobre la sexualidad a su edad. Señaló al que faltaba y lo hizo acercarse. “Ahora al revés” dijo Quique y se acostó boca arriba en el sillón, haciendo que el último de sus compañeros se acueste arriba suyo quedando pito contra pito. “Bombeá pendejo, viólame la pija con ganas” y ahí nomás el compañero empezó un bombeo enérgico y bien profundo, nosotros sólo veíamos su cola moverse para arriba y para abajo y un poco circularmente pero podíamos ver la cara de placer del arquero gozando como loco. Sin ningún tipo de acuerdo nosotros tres no nos estábamos tocando, en mi caso si me tocaba acababa y creo que lo mismo les pasaba a los otros dos, era realmente admirable ver como Quique podía darle todo ese tiempo y controlarse.
Los gemidos del compañero se hicieron cada vez más fuertes, a medida que las embestidas se hacían más profundas. “No acabes así” dijo el arquero “avísame”, y sin mediar ni un segundo el compañero le contestó ya casi estoy listo. “Bueno, levántate” y el compañero lo obedeció.
“Como en el partido” dijo Quique “ustedes tiran y yo atajo” y se puso en el medio del sillón. A pajero entendedor pocas palabras y todos supimos lo que había que hacer. Nos pusimos alrededor suyo y empezamos a pajearnos para acabar. No me acuerdo bien quién fue el primero pero sí me acuerdo del entusiasmo con el cual Quique gira su cuerpo para recibir en la palma de las manos el primer lechazo “Sí papá” arengaba el arquero mientras el compañero tiraba la leche, y ver eso me puso al límite a mí, que le avisé que iba a disparar. El arquero giro su mano derecha hacia mí y mirándome a los ojos esperó el lechazo, que llegó con potencia y se empezó a chorrear por sus dedos, mientras un segundo chorro pasaba directo hacia su pecho. El cuerpo entero me palpitaba por el placer de ese orgasmo y de verlo al tipo recibirlo con tanta alegría. Los otros dos lechazos no se hicieron esperar y para cuando el equipo terminó ya no se distinguía la leche de quién estaba entre los dedos del arquero, que sin dudarlo un segundo acercó su mano a su chota y usando nuestra leche de lubricante la empezó a pajear con ganas. “Vamos el equipo” empezó a decir mientras de la punta de su pija empezó a brotar la leche espesa que se chorreaba por el tronco de su poronga. El arquero gritaba sus gemidos mientras se contorneaba con las piernas estiradas y todo su cuerpo temblando. Cuando se calmó se levantó y todos cagándonos de risa nos dimos un abrazo grupal.
La final la perdimos contra un equipo muy bueno lo cual no implicó que no hayamos festejado con otro tercer tiempo digno de los campeones, pero la paja que siempre recordaríamos como la mejor paja del equipo fue la de la semifinal.
UFF, cada relato viene mejor, más morboso!!! aguante el Futbol y la Paja!!!
ResponderBorrarCada vez que leo tus relatos quedo como una bestia caliente
ResponderBorrarpara cuando nuevo relato jefe. Me encantan!!
ResponderBorrarla fantasia hecha realidad es una fantasia en si misma. Ame el relato
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